En el suroccidente, donde la misión no se toma descanso y el ruido del conflicto intenta imponerse sobre la vida cotidiana, tres soldados profesionales de la Tercera División recibieron una orden distinta a todas: volver a casa. No para dejar de servir, sino para recordar por quién sirven.
En el mapa de Colombia hay rutas que no se recorren solo con kilómetros. Hay caminos que se miden en paciencia, en disciplina, en fe. En el Cauca, donde el terreno se vuelve exigencia y el deber se convierte en rutina, tres soldados profesionales pasaron el 2025 cumpliendo con esa misión silenciosa que casi nunca cabe completa en una noticia: estar donde hace falta, incluso cuando la familia queda lejos.
Por eso, cuando llegó la posibilidad de pasar fin de año en casa, no sonó como un permiso cualquiera, sonó como un reconocimiento. un gesto humano en medio de la exigencia, porque para quienes llevan años en operaciones, el sueño no siempre es un ascenso ni una medalla: a veces, el sueño es un plato servido por mamá, una risa de hijos, una sala llena de abrazos y la certeza de que, por unas horas, el uniforme también tiene derecho a descansar.
Los tres venían de escenarios complejos, de lugares donde cada desplazamiento se planea con cuidado y donde el clima, la geografía y la amenaza obligan a la prudencia, el retorno —como tantas misiones— se organizó con precisión, no para contar hazañas, sino para asegurar lo esencial: que llegaran con bien, que el final del año no fuera un parte de novedades, sino un «ya llegué».
El paisa que llevaba una década esperando Navidad
El soldado profesional Javier Alonso López Úsuga, del Grupo de Caballería Liviano N.° 8, conoce la vía Panamericana como se conoce un reto: con respeto. Allí, en ese corredor vital que une departamentos y sostiene la economía diaria de miles de familias, su tarea ha sido proteger la movilidad y garantizar presencia institucional.
López, con 18 años de servicio, carga también la historia de su hogar: es padre, esposo, compañero. Y detrás de su porte de soldado hay una cuenta emocional que muchos entienden sin necesidad de explicaciones: hacía 10 años no pasaba estas fechas con los suyos. Este año, el Niño Dios «llegó un poquito tarde», como dicen en Antioquia, pero llegó.
Y lo encontró listo: con el mismo ímpetu de siempre, con la berraquera intacta, pero con el corazón ya en Medellín, la ciudad donde lo esperan su esposa, su hijo y esa familia que sabe celebrar incluso cuando la vida obliga a aplazarlo.
No es solo un viaje. Es recuperar un ritual. Es volver a ser hijo, padre y esposo en la mesa. Es demostrar que el servicio no apaga la ternura: la fortalece.
El guardián del Micay y el puente llamado Esperanza
El segundo en cumplir el sueño fue el soldado profesional, Orlando Anaya Torres, del Batallón de Despliegue Rápido N.° 10, oriundo de Villanueva, Bolívar, y residente en Cartagena, Lleva 17 años en la institución y ha conocido una verdad que pocos cuentan: que en el conflicto también se construye.
Anaya aportó seguridad en el cañón del Micay, para que los ingenieros militares avanzaran en una obra que, por su simbolismo, parece hecha para esta historia: el puente militar La Esperanza. Un nombre que no es adorno. En territorios donde cruzar puede ser difícil, un puente es más que infraestructura: es posibilidad.
Con 36 años y una serenidad nacida de la experiencia, Anaya no romantiza la distancia. La ha vivido. Y sabe lo que cuesta, Por eso, pasar estas fiestas en casa no se reduce a una celebración: es una victoria íntima. De esas que no salen en titulares, pero cambian el ánimo para seguir. Esta vez, Cartagena lo recibe con el sonido más importante: el de sus hijos llamándolo papá, el de su familia diciéndole «por fin».
El hombre que ayudó a proteger la Navidad de muchos
El tercero es el soldado profesional Alejandro Riascos López, de 33 años, con 13 años de servicio, oriundo de Buenaventura. Desde el Batallón de Despliegue Rápido N.° 4, junto a su grupo especial, participó en operaciones que afectaron capacidades peligrosas del GAO-r Estructura Jaime Martínez en el municipio de Buenos Aieres, evitando que amenazas criminales golpearan la tranquilidad de la región en una época en la que los colombianos solo quieren llegar a casa.
Riascos tiene claro que la misión a veces consiste en impedir lo peor para que ocurra lo más simple: una familia reunida. Este año, su destino no fue el área de operaciones. Su destino fue la vida cotidiana. Y la recompensa fue esa que no cabe en un informe: estar en Cali, al lado de su familia y de su hijo, mirando el calendario con una sensación casi desconocida para muchos soldados: la calma.
Esta vez, ninguno de los tres estará en la Panamericana, ni en el Micay, ni en el norte del Cauca mientras suenan los brindis. Esta vez estarán en otra misión, quizá la más humana de todas, la Operación Familia 2026.
Allí, los objetivos no se miden en kilómetros ni en resultados operacionales. Se miden en abrazos. En conversaciones postergadas. En promesas cumplidas. En niños que se duermen tranquilos porque su papá está en casa.
Desde Medellín, Cartagena y Cali, estos héroes vestidos de honor demuestran que el servicio no se apaga cuando se baja el fusil: se transforma. Y, aunque a algunos les falten pocos años —o incluso meses— para cerrar su ciclo en la institución, mantienen intacta la misma convicción: entregarlo todo por Colombia hasta el último momento.
Porque al final, detrás del uniforme siempre hay un corazón que también sueña. Y a veces, el sueño más grande no es estar en la primera línea: es estar, por fin, en la sala de la casa, con los suyos. Con vida. Con fe. Con esperanza.